Cuando empiezas tu vida de oración pueden pasar muchas cosas....
Orar puede ser muy agradable. Lo más común es una sensación de paz y gozo muy profundos que te invade al orar. Dios es amor y, sin duda, está contigo. Esa sensación puede crecer hasta los "éxtasis" "raptos" y otras experiencias que no se parecen, al decir de los que los han experimentado a ninguna otra cosa que puedas sentir en la vida (si, es mucho mejor que un orgasmo) y que supuestamente prefiguran los gozos del paraiso. Pero ¡ojo! no se trata de algo que dependa de tu voluntad o de la aplicación de ciertas técnicas; es un obsequio, un regalo de Dios que en general llamamos consolaciones en nuestra tradición Cristiana.
Lo contrario también es posible. De repente Dios parece desvanecerse y la oración se vuelve una fatigosa tarea sin ningún consuelo; estas "sequedades" suelen aparecer justo cuando creias que todo andaba muy bien y estabas pensando que eras como que "santo" o Dios sabe que cosa. Se te olvidaron que las consolaciones son regalos, no algo que merezcas y, lo mas importante, que las consolaciones vienen de Dios pero no son Dios (un error que todos cometemos) así que ¿amamos a Dios por el mismo o por sus consolaciones? Eso se prueba en la sequedad.
Pero peores, mucho, son las desolaciones. Ahí no solo hay ausencia de Dios sino la absoluta certeza de haber sido abandonado por él; es el infierno en la tierra, la mas absoluta desesperación sin alivio alguno. Por que esto sucede a los Santos es un misterio. Santa Teresa de Avila vivió increibles y asombrosas consolaciones durante años mientras que Santa Teresita de Jesus pasó los últimos años de su vida con desolaciones tremendas.
Todos rezaron sin pausa y amaron con todas las fuerzas a Jesus hasta su último aliento.
Eso es lo que cuenta.